Este es un cuento que escribí en el curso de redacción, me pareció interesante y no se cómo me salió romántico o algo así; de veras, no fue mi intención. En fin, la intención verdadera fue terminarla lo antes posible par salir del salón. Rajen como les dé la gana.
Era la segunda llamada que se hacía a los pasajeros de Iberia. Alejandra se había hecho tarde para llegar al aeropuerto, pero aún estaba a tiempo. El vuelo se dirige a Madrid, lugar que le trae recuerdos de su niñez, aunque son unos pocos se hacen muchos con los que tiene de otros países en los que ha estado. Su padre es un distinguido diplomático peruano y por su trabajo ha viajado mucho alrededor del mundo, por temporadas relativamente largas, junto a su familia. Su madre es una enfermera que trabaja en Perú y que se hizo colaboradora de la Cruz Roja por el trabajo de su esposo. Ale nació en Portugal y su hermano en Canadá. Ambos han estudiado en reconocidos colegios de todo el mundo, de los mismos que se retiraban tan pronto como su padre debía emprender otro viaje. En muy pocos lugares se ha quedado por más de un año. En Alemania estuvo apenas cuatro meses mientras que en Grecia vivió por más de un año y medio. Mis recuerdos son muchos, pero cortos. Son también eternos, así como lo que he aprendido de ellos.
–Sí, hijita. Tengo que trabajar en otro lugar –asentía su padre–. Allí tendrás nuevos amiguitos con los que juegues.
–Pero ya tengo amigos aquí. No quiero cambiarlos papi, quiero quedarme. ¿Por qué no puedo hacerlo? –volvía a preguntar inocentemente con rebeldía.
–Ale, eres muy niña aún. Todo esto pasará pronto. Cuando seas mayor ya no tendrás que cambiar tus amigos. –respondía siempre.
En Madrid tenía que contactarse con Marita Prieto. Ella era una amiga de su madre que fue también colaboradora de la Cruz Roja, ahora se dedica a la venta de libros, tiene una librería conocida en la calle Recoletos. Ale leía mucho. Había desarrollado una fuerte pasión por la lectura y le encantaba la idea de trabajar con Marita pues tendría a su alcance muchos libros que siempre quiso al menos ojear y que ahora estarían completamente a su disposición. Imaginaba leer las novelas de Camilo José de Cela y ver las novelas que no encontró en librerías turcas de Saramago. La lectura, en verdad, cambió mi vida. Mis ratos libres y de soledad los acompañaba con libros, ellos fueron mis verdaderos amigos en un principio. Ahora, soy más feliz que en esos tiempos. Llegó a tierra española con mucha energía. El tiempo que descansó en el avión había sido reconfortante para ella, así que tan pronto como arribó buscó emocionada la dirección que tenía en manos. No se sentía intrusa porque había estado algún tiempo en España. Conocía la forma de vivir y pensar de la gente lo suficiente como para sentirse bien. El frío de la mañana era congelante. Apenas su cuerpo se calentaba por la caminata que había emprendido hace ya tres cuartos de hora y por un abrigo largo que le había regalado su padre. Decidió tomar un Espresso en Starbucks. En cada sorbo recordaba esos tiempos en los que había asistido a escuelas españolas, lo estrictas que eran las monjas que las cuidaban y las travesuras que hacía con sus amigas; otro colegio en el que había estado, ya adolescente, era mixto y de él solo recordaba a un chico: Polo Suárez. Se había enamorado, pero no tuvo tiempo para expresarlo; sabía que nunca más lo volvería a ver si no es por azares de la vida. Luego de terminar todo el líquido de la tasa dejó de lado los recuerdos que sabía le hacían daño.

–¿Tienes algún libro que esté viejo y que me lo puedas regalar?
–Nosotros no regalamos libros, discúlpeme –respondió con una voz temerosa.
–Pero un libro viejo nadie lo va a comprar. Estaría en vano en el estante, sería un libro desperdiciándose –argumenté provocándola.
–Lo siento, pero no es política de la librería regalar libros por más viejos que sean. Para ser fáciles de comprar están a un precio muy reducido. Cuesta casi nada –dijo pensando que me callaría.
–Con todo el respeto, sus palabras suenan mal. ¿Se imagina usted escribir un libro, poner en él todo su esfuerzo, quizás haberle dedicado parte de su vida en hacerlo, para que alguien le diga luego que no vale nada? –respondí–. Dicen que escribir es una de las cosas que debe hacer el hombre para trascender en la vida. Entonces, un libro vale mucho, más que el precio que le ponen. Escribir es rescatar nuestra vida –dije finalmente.
Le pregunté su nombre. Me llamo Alejandra.













